explorar una pregunta relativamente nueva, que sólo recientemente ha llegado a la conciencia del público: los experimentos colectivos. ¿Qué son esos experimentos socio-técnicos? ¿Se desarrollan en un entorno totalmente fuera de control, sin ninguna regla? ¿Sería deseable encontrar reglas que los gobernasen? ¿Qué significado tienen para la tradicional definición de racionalidad y conducta racional?
Laboratorios a la calle
Que todos nosotros nos encontramos inmersos en una serie de
experimentos colectivos que han desbordado los confines de los
laboratorios no necesita de más prueba que la lectura de los
periódicos o la visión de los noticieros televisivos. En el momento en
que hablo, miles de funcionarios, policías, veterianarios,
ganaderos, funcionarios de aduanas, bomberos, están trabajando por
toda Europa, incluso ahora por todo el mundo, contra la fiebre aftosa
que está devastando tantas zonas rurales.En cualquier caso, no hay nada nuevo en esto teniendo en cuenta que la salud pública se inventó
hace más de doscientos años para prevenir la difusión de las
enfermedades infecciosas, mediante la cuarentena y, posteriormente,
mediante la desinfección y la vacunación. Lo que resulta novedoso en
este caso, y problemático, lo que reclama nuestra atención, es el
hecho de que la presente epidemia es debida precisamente a la
decisión colectiva de no vacunar a los animales. En esta crisis, no
nos enfrentamos, como nuestros predecesores, a una enfermedad mortal
que debemos combatir con las armas confeccionadas en el interior del
laboratorio de Robert Koch o Louis Pasteur y sus descendientes: nos
encontramos enredados con las consecuencias indeseadas –pero
perfectamente predecibles– de la decisión de experimentar, a escala
europea, sobre cuánto tiempo aguantaría una cabaña ganadera no vacunada
sin un nuevo brote de esta mortal enfermedad.
Un caso perfecto de lo que Ulrich Beck (1992) ha bautizado como
riesgos manufacturados [manufactured risks].
riesgos inevitables de la conectividad y la hipotetizacion generalizada
Al citar este caso, no estoy intentando que muestren su indignación;
no estoy afirmando que naturalmente, deberíamos haber vacunado
al ganado; no estoy diciendo que sea un escándalo porque los intereses
económicos hayan prevalecido sobre la salud pública o sobre el
bienestar de los ganaderos. Existen, soy perfectamente consciente,
muchas buenas razones para la decisión de no vacunar al ganado. Quiero
centrar la atención en otro punto: se ha desarrollado un experimento
colectivo en el que han participado conjuntamente ganaderos,
consumidores, vacas, ovejas, cerdos, veterinarios y virólogos. ¿Ha sido
éste un experimento bien o mal diseñado? Ésta es la pregunta que
quiero sacar a la luz.
La ciencia era aquello que se hacía entre
los muros donde trabajaban las batas blancas. Los experimentos
implicaban a animales, materiales, cálculos y programas informáticos.
Más allá de las fronteras del laboratorio comenzaba el reino de la
mera experiencia –no del experimento
(Dear, 1990, 1995; Licoppe, 1996).
Sería una descripción insuficiente asegurar que nada, absolutamente
nada, queda de este cuadro, de este modelo de difusión lenta de la
producción científica.
En primer lugar, el laboratorio ha extendido sus muros hasta abarcar
todo el planeta. Los instrumentos están en todas partes. Las casas,
las fábricas, los hospitales se han convertido en subsidiarios de los
laboratorios. Piensen, por ejemplo, en el sistema de posicionamiento
global: gracias a esta red de satélites, los geólogos y
naturalistas pueden medir con el mismo rango de precisión dentro y
fuera de sus laboratorios. Piensen en los nuevos requisitos de
trazabilidad, tan rigurosos fuera como dentro de los lugares de
producción. Las diferencias entre la historia natural
–ciencia caracterizada por el trabajo de campo–
y la ciencia de laboratorio han sufrido una lenta erosión.
En segundo lugar, es bien conocido que, a partir del desarrollo de
asociaciones de enfermos, por ejemplo, muchas personas están
formulando más preguntas a los investigadores, insistiendo en dirigir la
agenda de la investigación, que aquellos que disponen de un Doctorado
en Física o visten bata blanca.
En tercer lugar, la cuestión de la escala. Los experimentos actuales
se desarrollan a escala uno y en tiempo real, como ha quedado claro
con el tema clave del calentamiento global. Para asegurarse, se están
desarrollando numerosas simulaciones; se están probando modelos
complejos en superordenadores, pero el verdadero experimento se está
llevando a cabo entre nosotros, con nuestra participación,
afectándonos a todos nosotros, al conjunto de los océanos, a las capas
altas de la atmósfera e incluso –como afirman algunos
oceanógrafos (Broecker, 1997)–
a la Corriente del Golfo. La única forma de descubrir
si el calentamiento global es efectivamente debido a causas antrópicas
sería probar a detener nuestras emisiones para ver a continuación, y
colectivamente, el resultado. Desde luego, esto sigue siendo un
experimento, a escala uno, en el que todos estamos embarcados.
Pero entonces, ¿cuál es la diferencia de estos experimentos con lo que
solía llamarse situación política, es decir, aquello que a todos
interesa y afecta? Ninguna. Ésta es precisamente la cuestión. La
definida distinción entre los laboratorios científicos que
experimentaban sobre teorías y fenómenos entre sus muros, y el mundo
exterior de carácter político y guiado por los valores humanos,
opiniones y pasiones de los profanos se está
evaporando antes nuestros ojos
powered by performancing firefox
Agosto 10, 2009 a las 11:21 pm
fue orrendo asqueroso y muy perturbedor